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08 mayo, 2013

La vida de un extranjero en la orilla del mundo

Sí, podría empezar así, aquí, de un modo un poco pesado y lento, en ese lugar neutro que es de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de la casa. En la calle, a causa de mi fatiga y también porque no habíamos subido las persianas, sentí bruscamente el día, ya a pleno sol, como una bofetada. Todo cambia frente a mí y, a pesar de todo, yo sigo así, siempre el mismo. vivo como un explorado, cuanto más avanzo en la búsqueda del centro del laberinto, más me alejo de él. Dentro de poco dormiré y, al despertar, habré pasado a formar parte de un mundo nuevo.

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1.Georges Perec, La vida instrucciones de uso. Primera oración del libro.
2. Albert Camus, El extranjero. Segunda oración de la página 50.
3. Fiodor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov. Segunda oración de la página 100.
4. Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, Penúltima oración de la página 150.
5. Haruki Murakami, Kafka en la orilla. Última oración del libro.

01 abril, 2013

Borges se mueve dentro del concepto Reader's Digest de la cultura


'Soy un hombre seminstruido', ironiza Borges cada vez que alguien, hechizado por las citas, los nombres propios y las bibliografías extranjeras, lo pone en el pedestal de la autoridad y el conocimiento. Una cierta pedantería aristocrática resuena en la ironía, pero también una pose de poder, el tipo de satisfacción que experimenta un estafador cuando comprueba la eficacia de su estafa. Y la estafa consiste, en este caso, en la prodigiosa ilusión de saber que Borges produce manipulando una cultura que básicamente es ajena. Cultura de enciclopedia (aunque sea la ilustre Británica), esto es: cultura resumida y faeneada, cultura del resumen, la referencia y el ahorro, cultura de la parte (la entrada de la enciclopedia) por el todo (la masa inmensa de información que la entrada condensa). En más de un sentido, por sofisticadas que suenen en su boca las lenguas, los autores y las ideas forasteras, Borges —la cultura de Borges— se mueve siempre con comodidad dentro de los límites del concepto Reader's Digest de la cultura. Borges no deja de evocar, cuando rememora sus primeras lecturas, los deleites que le deparaba la undécima edición de la Enciclopaedia Britannica. Sin duda las prosas de Macaulay o la de De Quincey —dos de los ilustres contributors que hicieron de esa edición única, histórica— tuvieron mucho que ver con ese deslumbramiento de infancia. Pero si la Britannica es el modelo de la erudición borgeana, es porque lo que Borges aprende allí, de una vez y para siempre, no son tanto los lujos de una escritura noble como los secretos para operar en una doble frecuencia simultánea: en el 'estilo' y en la reproducción, en la alta literatura y el proyecto divulgador, popularizador, que encierra toda enciclopedia...

Alan Pauls, El factor Borges. 

03 noviembre, 2011

El enunciado como acontecimiento

Por trivial que sea, por poco importante que nos lo imaginemos en sus consecuencias, por  rápidamente olvidado que pueda ser tras de su aparición, por poco entendido o mal descifrado que lo supongamos, un enunciado es siempre un acontecimiento que ni la lengua ni el sentido pueden agotar por completo. Acontecimiento extraño, indudablemente: en primer lugar porque está ligado por una parte a un gesto de escritura o a la articulación de una palabra, pero que por otra se abre a sí mismo una existencia remanente en el campo de una memoria, o en la materialidad de los manuscritos, de los libros y de cualquier otra forma de conservación; después porque es único como todo acontecimiento, pero se ofrece a la repetición, a la transformación, a la reactivación; finalmente, porque está ligado no sólo con situaciones que lo provocan y con consecuencias que él mismo incita, sino a la vez, y según una modalidad totalmente distinta, con enunciados que lo preceden y que lo siguen.


Michel Foucault, La arqueología del saber

19 abril, 2008

Museo de la novela de la fugaz

Hay quienes saben de mi afición por escribir en Moleskine, pero casi nadie sabe que tengo una afición mayor por leer las ajenas. Incluso he leído las de algunos amigos. "Eso no se hace", me han dicho, "uno se entera de cosas que no quiere enterarse", pero mi curiosidad no ceja. Hace unos días por quién sabe qué conjunciones del azar en el Centro Cultural de España me encontré con una. Me salto los detalles. No tiene ningún dato sobre el propietario entonces no puedo regresarla, ahora es mía; no puedo escribir en ella porque a lo mucho debe tener diez páginas en blanco, en la primera se lee con tinta roja y en letra grande con estilo gótico: Museo de la novela de la fugaz. El título me cautivó, he leído algunos fragmentos (geniales algunos, flojos otros) y después de pensarlo un rato me decidí por transcribir de vez en cuando algunas partes y convertir al Museo en una novela por entregas. No sé si la estoy disfrutando tanto porque realmente es buena o sólo me dejo llevar por las extrañas condiciones que la pusieron en mis manos, en todo caso tiene, entre otras cosas, un estilo impecable y un manejo espacio-temporal que envidio; acaso es demasiado moderna --no sé si eso sea una ventaja o una desventaja. Ustedes, lectores accidentales y ocasionales, juzguen.

Así comienza:


I

Es de noche, hace frío y llueve con levedad, lo suficiente para percibir el olor a asfalto mojado. Estamos sentados en la acera, recargados en un muro. Mi mano izquierda toma tu mano derecha, en mi otra mano una taza de té, en tu otra mano un cigarrillo; en mi otra vida esto no significaría nada, en tu otra vida esto significaría algo. Si alguien nos mirara ahora pensaría que somos felices, falsamente felices. Felicidad en zozobra. De vez en cuando interrumpimos al silencio para decir algunas palabras, por ejemplo, "te amo". Te amo, ¿qué significa eso para ti? Me lo dices como quien dice "hola" o "perro" o "gracias", y lo dices tanto que su sentido empieza a diluirse. ¡Qué estupidez quejarse de que a uno lo amen y se lo digan! Será tal vez que no te creo, que no te quiero creer porque temo tener que corresponder a tu amor, como si te debiera algo.

No sé si nos amamos, pero si es así es por casualidad. Todo el mérito fue del azar que me puso, justamente a mí, en el sitio justo, o me puso, injustamente, en el sitio más injusto. Creo que lo más conveniente será remontarme al comienzo, pero no el comienzo de esta historia sino el anterior, el comienzo que hizo posible que hubiera una historia. Termino de escribir esa frase, que en realidad no es mía, y me pregunto si esta historia existe verdaderamente, si no es sólo que la he buscado como quien busca una experiencia para poder luego escribir sobre ella, si mi pasión por la trama me ha llevado a tales vilezas, a hacer que alguien se enamorara de mí y hacerle creer que su amor es recíproco. No, no creo ser capaz de tanto y no debería preocuparme por estos asuntos, puedo actuar como si amara y esperar que el amor llegue luego, que la ficción en que vivo se realice.

Decía que sería bueno ir a los orígenes de esta historia, me retracto, sería un fastidio, incluso para mí. Obviemos las causas, contaré mi historia retrospectivamente. Hay que empezar por el presente, aunque no exista y quede atrás con cada letra que escribo. Para eso debo enmendar el primer párrafo: no es de noche, no hace frío, no llueve. No estamos sentados en la acera y nuestras manos no se tocan, no tomo té ni estás fumando. Esto no significaría nada en otra vida porque no hay otra vida. Nadie nos podría mirar ahora y no interrumpimos al silencio para hablar, no nos decimos "te amo" y no me importa qué significa eso para ti, ni si en serio lo sientes, pero si me lo dijeras no me quejaría por ello, tal vez te creería o tal vez no. Lo que es seguro es que jamás creería que te debo nada y no pretendería amarte por compasión, simplemente no te amo y punto.

En fin, es cerca de mediodía y hace calor. Estoy solo, escuchando Pocket symphony de Air mientras escribo en la libreta que compré ayer con el intento de convertir la historia de los últimos tres meses --acaso los más intensos de mi vida--, es decir, nuestra historia en una nueva novela después de poco más de tres años de no publicar nada y casi uno de haber dejado de hacer literatura. Pasaré a un estilo más tradicional, dejaré de escribir como si fueras mi interlocutora, como si alguna vez fueras a leer esto, si apenas haz hojeado alguno de mis libros. Entonces te dejo, hablaré de ti sin hablarte a ti.

La última vez que la vi íbamos conduciendo en dirección a su casa. Estaba molesta porque no quería que se fuera, en realidad no quería despertar tan temprano y llevarla. Me despertó y dijo "ya vámonos". No dije nada, los dos estábamos desnudos, comencé a tocarla, quería hacerle el amor otra vez, no lo conseguí, entonces me di la vuelta sobre la cama, dándole la espalda, e intenté volver a dormir. Imposible. Cuando me arranqué el sueño y el cansancio del cuerpo ya estábamos vestidos y en el auto, callados. Quería castigarme con su silencio; me agrada el silencio, lo que no me agrada es que se moleste por razones tan absurdas y que me haya negado el sexo, sé que tenía tantas ganas como yo, entonces hablamos. Todo se arregló después de unas disculpas fáciles por no haberme levantado temprano, o eso espero. Llegamos a su casa, me estacioné, ella sacó de su bolsa un libro, un disco y un paquete de cigarrillos, después de encender uno y tomar otros tantos me dio un beso, el libro, el disco, los cigarrillos y dijo: "Háblame en la noche", hizo una pausa, luego continuó, "o mañana, no sé si estaré en casa hoy. Te amo", y se fue. No sé si quería insinuar algo con que no iba a estar en casa pero eso me pareció, sé que hoy verá a su ex novio para poner las cosas en claro y quedar en los mejores términos posibles, llevar la fiesta en paz, me dijo. Para mí esa entrevista es inútil y me pone nervioso, casi cada vez que se han visto --en ocasiones ha bastado con una llamada telefónica-- termino perdiendo, perdiéndola para ser más preciso. Aunque eso es un decir, nunca la he perdido, cuando ha vuelto con Ricardo (ése es el nombre del ex novio, quien, dicho sea de paso, me odia) no ha dejado de verme, de amarme. Pero se supone que esta vez no será así, que van a hablar para poner un fin definitivo, en eso quiero creer.

Volví a casa, puse el disco que me dio V, que es el que escucho ahora. Junto con el disco recibí de vuelta mi edición de bolsillo del Museo de la novela de la eterna, releí algunos fragmentos y algunas de mis anotaciones al margen. Luego comencé a escribir esta novela, que he decidido titular, ya desde ahora, Museo de la novela de la fugaz.

13 marzo, 2007

Sein und Zeit

...el tiempo amaneció despeinado y ojeroso.

La gente no hablaba más que del tiempo. El tiempo, a pesar de todas las protestas, quiere que se hable de él. Las conversaciones de los hombres están tramadas sobre esta sustancia fundamental: el tiempo. Hablar del tiempo ha sido y será siempre un rasgo irreductible del hombre. ¿Qué es el hombre? El hombre es un ser que habla del tiempo con sus semejantes.

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A. R.

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