23 junio, 2014

La sonrisa de Kafka


A veces olvido que vine al mundo a pasar ocho, diez, doce horas diarias sentado frente al resplandor ciego de una pantalla, rompiéndome la espalda y la voluntad y los ojos en un diminuto cubículo donde apenas quepo en mi silla giratoria con las piernas encogidas junto al bote de basura, debajo de un escritorio de plástico...

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18 junio, 2014

Alma, de Junot Díaz





Tú, Yunior, tienes una novia llamada Alma con un tierno cuello de yegua y un gran culo dominicano que parece existir en una cuarta dimensión más allá de los pantalones. Un culo que podría arrastrar a la luna fuera de órbita. Un culo que a ella no le gustaba hasta que te conoció. No pasa un solo día sin que tú quieras embarrar tu cara contra ese culo o morder los delicados tendones de su cuello. Te encanta cómo se estremece cuando la muerdes, cómo pelea contra ti con esos brazos tan flacos que parecen pertenecer a uno de esos programas juveniles de mala calidad que pasan en la tele. 

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21 marzo, 2014

Contra los poetas

Alejandro Zambra


A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizá han concedido una o dos precoces entrevistas. Ya tienen listos sus primeros libros, que están a punto de aparecer en editoriales emergentes. Son libros muy malos, pero por ahora eso no importa. Sus poemas son largos y sentenciosos, abusan de los gerundios, de los signos de exclamación y de los puntos suspensivos. Leen a Vicente Huidobro, a Delmira Agustini y a Oliverio Girondo, pero sobre todo se leen los unos a los otros, en interminables sesiones sólo a veces amistosas.

A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. El segundo libro cumple con creces el objetivo: no es bueno, pero indudablemente es mejor que el primero. Dicen estar todavía buscando una voz propia y mientras tanto planean antologías que incluyen a todo el grupo, pero nadie quiere escribir el prólogo, pues nadie desea correr el riesgo de convertirse en crítico literario.

A los treinta años ya han sufrido varios desengaños. Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. Por momentos escriben solamente para demostrar cuán arbitrarias han sido esas exclusiones. Han publicado, a esta altura, tres libros de poesía. Han fundado dos editoriales y cuatro revistas literarias. En sus reseñas biográficas se afirma que han participado en más de trece –en catorce– encuentros de poetas y que sus libros han sido parcialmente traducidos al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente.

Recién a los treinta y cinco años comienzan a incomodarse cuando los presentan como poetas jóvenes. Ahora dictan talleres en los que aconsejan a sus alumnos que eviten los gerundios, que cuiden los adjetivos, que declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. Les inculcan la suprema libertad creadora, pero les prohíben una lista bastante larga de palabras: vacío, angustia, desolación, desesperación, crepúsculo, ocaso, alma, espíritu, corazón, vagina. Les hablan de melopoeia, de fanopoeia y de logopoeia, pero se enredan un poco en la explicación. Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik.

A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. Los poetas experimentan con mayor sufrimiento que el común de la gente la llamada crisis de los cuarenta. No decidieron ser poetas para tener cuarenta años. De ahora en adelante todo será decadencia. Se han vuelto inofensivos. Es más fácil incluirlos, pedirles prólogos, invitarlos a los recitales y aplaudirlos sin énfasis, respetuosamente. Son, en otras palabras, verdaderos fracasados.

Para que el fracaso se cumpla es necesario que reciban, de vez en cuando, señales equívocas. A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta años los poetas ganarán dos o tres premios menores; tímidos estudiantes de pregrado y quizás alguna bella doctora norteamericana analizarán sus libros, que tal vez serán traducidos al francés, al alemán, al griego o al menos al argentino. Por lo demás, siempre habrá alguna editorial emergente interesada en rescatarlos del olvido.

Da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea. Parecen niños asustados, y en el fondo eso son: niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. A veces algún reportero compasivo les pregunta para qué sirve la poesía en este mundo deshumanizado y consumista. Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que sólo la poesía salvará al mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón.

08 noviembre, 2013

Librerías y bibliotecas

Así, creo, es como funcionan las librerías y las bibliotecas: sin jerarquías ni orden, postulando acaso una teoría del caos.

Una librería pone manuales sobre el amor junto a estampitas de colores; hace cabalgar a Napoleón en Marengo junto a las memorias de una doncella de cámara y, entre un libro de sueños y otro de cocina, hace marchar a antiguos ingleses por los caminos anchos y estrechos del Evangelio.
                             WALTER BENJAMIN, Libro de los pasajes



Rodolfo Hinostroza, José Watanabe,
Antonio Cisneros:
le estuve recitando sus poemas
a la botella de Johnny Walker, mi psicólogo rubio,
quien se veía visiblemente emocionado.
Hinostroza, Watanabe, Cisneros:
se repudiaban también Eliot y Williams
pero ambos descansan, uno al lado de otro,
en los estantes de esta biblioteca.
Tal es el destino de los buenos poetas
una vez que han muerto: no rechazarse
como polos opuestos de un imán
sino mezclarse bajo los ojos
de un mestizo borracho
a altas horas de la madrugada.

                              FABIÁN CASAS, El pequeño mecanismo de los acontecimientos
 
 

28 octubre, 2013

José Watanabe, "Sugerencias"

Aviso que la silla donde escribo por triplicado
y tomo mi refrigerio
ya me está tatuando la espalda y las nalgas.


¿Por qué no mandan una circular
permitiendo a los oficinistas
desfilar con su escritorio al parque de enfrente?
Los literatos dicen que estamos muertos,
pero qué difícil resulta ocultar de los ojos de los muertos
en un triste acto de magia
la sonrisa de mi mujer, mis libros, mi hijo
                 anunciado por el tejido de lana Patito
                 que me ensueña largamente hasta las babas.


Aviso también que hoy el sol se ocultará temprano:
                 sólo los viernes permanece hasta la madrugada
                 como un beneficio de la semana inglesa.


(Entonces hablamos con una suficiencia que es para llorar
porque ningún conocimiento es ajeno a los oficinistas en la cantina).


Pero lo que quiero decir es rata
                                encorbatada rata
                                             jefe rata
rata que se baña o canta bajo la ducha
haciendo inútil el excesivo perfume de las secretarias
porque el agua no ducha
                 la caca del corazón de la rata.
Pero condesciendo y condesciendo.


Condesciendo y
a veces soy el que deja anónimos en el buzón de sugerencias
                                grandes venganzas
                                           que son para llorar
en el parque de enfrente.

08 mayo, 2013

La vida de un extranjero en la orilla del mundo

Sí, podría empezar así, aquí, de un modo un poco pesado y lento, en ese lugar neutro que es de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de la casa. En la calle, a causa de mi fatiga y también porque no habíamos subido las persianas, sentí bruscamente el día, ya a pleno sol, como una bofetada. Todo cambia frente a mí y, a pesar de todo, yo sigo así, siempre el mismo. vivo como un explorado, cuanto más avanzo en la búsqueda del centro del laberinto, más me alejo de él. Dentro de poco dormiré y, al despertar, habré pasado a formar parte de un mundo nuevo.

__________________
1.Georges Perec, La vida instrucciones de uso. Primera oración del libro.
2. Albert Camus, El extranjero. Segunda oración de la página 50.
3. Fiodor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov. Segunda oración de la página 100.
4. Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, Penúltima oración de la página 150.
5. Haruki Murakami, Kafka en la orilla. Última oración del libro.

01 abril, 2013

Borges se mueve dentro del concepto Reader's Digest de la cultura


'Soy un hombre seminstruido', ironiza Borges cada vez que alguien, hechizado por las citas, los nombres propios y las bibliografías extranjeras, lo pone en el pedestal de la autoridad y el conocimiento. Una cierta pedantería aristocrática resuena en la ironía, pero también una pose de poder, el tipo de satisfacción que experimenta un estafador cuando comprueba la eficacia de su estafa. Y la estafa consiste, en este caso, en la prodigiosa ilusión de saber que Borges produce manipulando una cultura que básicamente es ajena. Cultura de enciclopedia (aunque sea la ilustre Británica), esto es: cultura resumida y faeneada, cultura del resumen, la referencia y el ahorro, cultura de la parte (la entrada de la enciclopedia) por el todo (la masa inmensa de información que la entrada condensa). En más de un sentido, por sofisticadas que suenen en su boca las lenguas, los autores y las ideas forasteras, Borges —la cultura de Borges— se mueve siempre con comodidad dentro de los límites del concepto Reader's Digest de la cultura. Borges no deja de evocar, cuando rememora sus primeras lecturas, los deleites que le deparaba la undécima edición de la Enciclopaedia Britannica. Sin duda las prosas de Macaulay o la de De Quincey —dos de los ilustres contributors que hicieron de esa edición única, histórica— tuvieron mucho que ver con ese deslumbramiento de infancia. Pero si la Britannica es el modelo de la erudición borgeana, es porque lo que Borges aprende allí, de una vez y para siempre, no son tanto los lujos de una escritura noble como los secretos para operar en una doble frecuencia simultánea: en el 'estilo' y en la reproducción, en la alta literatura y el proyecto divulgador, popularizador, que encierra toda enciclopedia...

Alan Pauls, El factor Borges. 

04 marzo, 2013

A RBN

Para los que se van 
de esta fiesta móvil,
para los que todavía
nos estamos yendo
y seguimos siendo tristes.
Para los que se quedan 
en el centro de su ausencia 
creciendo hacia ninguna parte, 
como el eco de un silencio muy ruidoso.

11 diciembre, 2012

LOS PAPALOTES TAMBIÉN VAN A MORIR




Mi madre murió de cáncer. Un miércoles se plantó frente a mí mientras almorzaba y dijo: tengo cáncer. Eso fue todo. No sé lidiar con el dolor ajeno. Reaccioné mal o reaccioné mal para lo que la gente espera en situaciones así; solo recuerdo que la abracé. [Seguir leyendo en Revista Nocturnario.]


21 septiembre, 2012

PANTEÓN



Y tiramos la primera piedra:
el corazón lanzamos
hacia el fondo de la tierra.
Pusimos la primera piedra
de una casa sin puertas ni inquilinos,
de una casa que no tenemos todavía
pero ya tuvimos desde siempre.
Una piedra a la orilla del paisaje,
en la intemperie trabajada
por el viento    por los días.
Sepultamos la palabra piedra:
paredes rojas de un corazón tan blanco:
una piedra que nos lleva y que llevamos,
una piedra que se apaga y que se apega.
Con la piedra en las manos
con las manos en la piedra
abrimos la primera oscuridad
de la tierra abrimos
el olor del verbo habremos
de sentir sobre la tierra.
Abrimos la ventana de la noche
y tiramos la primera piedra:
un mínimo derrumbe,
la pequeña destrucción
de una casa futura:
una soledad para dos tiramos:
la pintura húmeda de nuestras voces
descendiendo lentamente por los muros.
El fantasma de una casa que te habita,
un puro derrumbe sostenido.
Nosotros somos la caída,
nada más que gravedad.
Habitamos el descenso,
el tiempo exacto que dura este recuerdo.
Nosotros somos la caída,
nada más que nuestra edad;
un viaje al centro de la piedra:
esa herida repentina
por donde se escurre el aliento.
Nuestros nombres son la sed de un río
disecado en el lenguaje.
Ya no somos sino huesos:
piedras blancas rodeando una piedra roja.
Ya no somos sino piedras
que se acercan una a otra
a escuchar el pulso del mundo.
Y dos árboles que brotan en el pecho.

El amor es un panteón
donde nos entierran juntos.

13 agosto, 2012

Sentido contrario

Supongo que debía haber tenido unos cuatro años, pero mi memoria no da para tanto. Lo que sí recuerdo es que era la mano izquierda con la que comencé a tomar las crayolas, gises, lápices, labiales y todo lo que estuviera a mi alcance para rayar sobre todas las superficies que estuvieran a mi alcance. Y aunque mi creatividad no tuviera límites, la paciencia de mis padres sí. Fue entonces cuando me presentaron los libros para colorear  pero siempre tuve problemas para no salirme de la línea. En la escuela aprendía a escribir. Iba en un kinder cuyo nombre apelaba a la razón: Emmanuel Kant, aunque sus métodos eran más bien oscurantistas. Seguramente todo me parecía un juego y por eso nunca lo mencioné, pero mis padres no tardaron mucho en notar que hacía las tareas escolares con la mano derecha. Al parecer me ataban la mano izquierda durante las clases para que no la usara al escribir. Era un diestro converso.

Al principio era útil escribir con la mano derecha, por ejemplo, cuando en los interminables dictados a los que nos sometían en la primaria la otra pedía un descanso. Con el tiempo perdí el hábito, ahora sólo escribo con la izquierda. Aún recuerdo el conflicto que tuve el primer día de clases: tenía que escribir mi nombre en el margen superior de la página. Abrí el cuaderno por el final, tomé mi lápiz con la mano izquierda y como si hubiera olvidado las convenciones para escribiranoté mi nombre en la última página, de derecha a izquierda, cual hebreo o árabe. En ese momento me pareció evidente que si los diestros lo hacían de derecha a izquierda, yo tendría que hacerlo al revés para no manchar la página con mi mano, pues de lo contrario la tinta se corría y el grafito se diluía por los efectos de mi mano deslizándose sobre la hoja. No tardé mucho en darme cuenta de que lo que escribí no tenía sentido, así que inventé un sistema personal. Como no podía escribir las palabras al revés (me costaba mucho trabajo leerlas de ese modo), dejé de invertir el orden de las letras y opté por comenzar a escribir en el margen derecho la última letra de la primera palabra, seguida, a la izquierda, de la penúltima letra y así sucesivamente. Huelga decirlo, mi sistema era totalmente absurdo además de poco práctico. Tardaba el doble o el triple que mis compañeros, así que hice algunos ajustes. Opté por escribir las palabras en su orden habitual pero comenzando por el lado derecho de la página. El resultado eran oraciones en un hipérbaton absoluto que, ahora advierto, debieron haber alterado mi manera de ordenar el mundo. En mi cabeza todo iba en sentido contrario. Todavía quedan algunos cuadernos desde muy niño comencé a escribir una especie de diariocomo vestigio de mis primeros experimentos verbales. Además, en la escuela nos hacían comprar un libro para aprender caligrafía: Mi cuaderno mágico era mi cuaderno odiado. Uno tenía que escribir planas y planas emulando las líneas señaladas con unas flechas más bien confusas; yo nunca seguí las instrucciones, simplemente no podía. Siempre comenzaba por el sitio contrario al que indicaba el libro. A diferencia de la manuscrita —debo pertenecer a la última generación que aprendió a escribir de ese modo arbitrario que admite un sólo tipo de trazo—, mi letra de molde sigue las comodidades de mi mano. 

Hay quienes, aun de adultos, confunden la derecha y la izquierda; yo nunca he tenido ese problema, lo mío tiene que ver con que nunca he sido plenamente conciente de ser zurdo o diestro, ni siquiera ambidiestro. A esa indecisión le achaco el nunca haber aprendido a recortar bien, el hecho de usar el reloj en la izquierda, o que juegue béisbol y use los cubiertos como diestro. Recuerdo mi frustración cuando quise aprender a jugar trompo. Mi hermano menor lo hacía bien y yo no podía, por más que le pedía mis padres que le enredaran la cuerda al trompo, al momento de lanzarlo nunca lograba hacerlo girar. Todo era el resultado de una confusión simple: mis papás son diestros. Cuando yo lanzaba el trompo con la mano izquierda, la cuerda se desenredaba hacia el lado opuesto, con lo cual el trompo giraba hacia la derecha provocando que cayera de cabeza. Aprendí que tenía que enredar la cuerda al revés, del mismo modo que aprendí que, a mayor escala, el mundo era diestro y yo iba en sentido contrario por la vida.

11 abril, 2012

Ecos

Le doy la espalda al espejo 
y no sé si cuando no lo miro 
me repite al otro lado. 

Ahora que nadie me mira
me repito yo
—una y dos veces mi nombre,
como un eco que regresa—
para no desaparecer.

¿Pero si nadie me escuchara,
a dónde volvería mi nombre
si no al silencio?

Tal vez si le diera la espalda
también a las palabras
dejaría por fin de repetirme
aquí y aquí. Para siempre.
Y aunque alguien me escuchara,
mi nombre sería ya solamente
una oquedad oscura:
un espejo vacío que nadie mira.

06 febrero, 2012

The Age of Wire and String en español


En 1995 apareció The Age of Wire and String —ópera prima de Ben Marcus—, un libro inusitado e inclasificable cuyo propósito es nada menos que inventariar una cultura, la vida secreta de las prácticas y los objetos. La obra está armada a la manera de un mosaico compuesto por formas breves que funcionan como entradas de una enciclopedia minimalista y extravagante: un “conjunto de documentos que establecen las principales preocupaciones de la sociedad, de cualquier sociedad, del mundo y sus áreas internas”, haciendo uso del estilo frío, plano y pretendidamente científico de los manuales para describir al mundo desde otra lógica. Y es en este sentido que el libro de Marcus guarda cierto parentesco con las instrucciones cortazarianas y quizá también con los usos que Fernández Mallo hace de jergas extraliterarias, su forma de trabajar la metáfora.

El escritor es un niño encerrado con un solo juguete. Puede aburrirse (y aburrir) muy pronto o puede darle la vuelta al lenguaje, inventar un nuevo juego. The Age of Wire and String es sin duda un juego nuevo. Se trata, si se arriesga una definición, de un ejercicio de ficción especulativa llevada a las ciencias sociales que permite exprimirle nuevos significados a lo cotidiano.

El traductor es un niño intentando comprender las reglas del juego.

[Algunos fragmentos traducidos de ese libro en Lá cámara verde del Periódico de poesía.]




30 enero, 2012

NÚMERO PRIVADO


porque esta vez levantas la bocina
dices la palabra acostumbrada
bueno     bueno     y te atropellan
la voz al otro lado de la línea
la voz con una voz que no conoces
la voz que no dirá su nombre
el hombre de la voz que escuchas
habla de tu familia extrañamente
menciona itinerarios y lugares
quiere que sepas que te observa
que sabe dónde y cuándo aproximarse
un golpe frío te paraliza la voz
abriéndose camino en el oído     más adentro
rebotando en las paredes de la casa
que de pronto se hace grande y se vacía
es miedo lo que ocupa tu silencio
el nudo que se aprieta en la garganta
las ganas de hacer algo     la impotencia
de ver sobre la mesa aparecer las cartas
de un juego en el que sólo pierdes
porque otra vez se trata de dinero
ésa es la palabra acostumbrada
el precio de tu vida y de tus padres
cuánto vale la voz que te atropella la calma
la voz sin cuerpo que exige y amenaza cuerpos
la letra zeta de la palabra voz     cuánto
los nombres de las cosas se te escurren
y el asco crece desde el centro     
el asco diez veces el asco
cómo se le quita el frío a los huesos
cómo se barre el miedo fuera de la casa
cómo exiliar una voz que ya no habla
ahora es tan solo un tono que se alarga
un electrocardiograma al otro lado de la línea
una línea en la pantalla de los enfermos
el sonido que hacen los cuerpos en las camas
de los hospitales cuando ya no viven
el sonido que hacen los muertos de miedo
bueno     bueno     y era malo porque esta voz
porque esta vez levantas la bocina

02 enero, 2012

Borges y ya


Al otro, a Borges, es a quien 
       le ocurren las cosas.AAAAA
JLB




La candente mañana de febrero en que murió Borges no era mañana, ni febrero y tampoco murió Borges, sino el otro, al que le ocurrían las cosas.

Ya sé cuál de los dos escribe esta página.

25 diciembre, 2011

LLANURA TRASLÚCIDA

El verso está partido en dos 
tú no lo ves y no se escucha
una pausa de asmático abrir el 
repentino abismo por el que 
se cae la idea o de la cama
las sábanas cuando el calor
no hay intermitencias es un 
solo silencio consumido por dos 
bocas que se asfixian
mutuamente no hay un lugar
que la lengua no toque 
del lenguaje una superficie azul llanura traslúcida el río congelado donde patina la mirada
lo que hay es una fractura 
de luz en la luz
que la atraviesa 
por el centro tú no lo ves 
y no lo entiendes el verso está 
partido en dos como nosotros

03 noviembre, 2011

El enunciado como acontecimiento

Por trivial que sea, por poco importante que nos lo imaginemos en sus consecuencias, por  rápidamente olvidado que pueda ser tras de su aparición, por poco entendido o mal descifrado que lo supongamos, un enunciado es siempre un acontecimiento que ni la lengua ni el sentido pueden agotar por completo. Acontecimiento extraño, indudablemente: en primer lugar porque está ligado por una parte a un gesto de escritura o a la articulación de una palabra, pero que por otra se abre a sí mismo una existencia remanente en el campo de una memoria, o en la materialidad de los manuscritos, de los libros y de cualquier otra forma de conservación; después porque es único como todo acontecimiento, pero se ofrece a la repetición, a la transformación, a la reactivación; finalmente, porque está ligado no sólo con situaciones que lo provocan y con consecuencias que él mismo incita, sino a la vez, y según una modalidad totalmente distinta, con enunciados que lo preceden y que lo siguen.


Michel Foucault, La arqueología del saber

13 octubre, 2011

Habría que alzar


la voz y la vista


levantar la 


                     palabra




andar de puntas


descalzo


sobre la barda


alambrada


del lenguaje


para 


         mirar


lo que hay


al otro lado


                      :





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