11 diciembre, 2012

LOS PAPALOTES TAMBIÉN VAN A MORIR




Mi madre murió de cáncer. Un miércoles se plantó frente a mí mientras almorzaba y dijo: tengo cáncer. Eso fue todo. No sé lidiar con el dolor ajeno. Reaccioné mal o reaccioné mal para lo que la gente espera en situaciones así; solo recuerdo que la abracé. [Seguir leyendo en Revista Nocturnario.]


21 septiembre, 2012

PANTEÓN



Y tiramos la primera piedra:
el corazón lanzamos
hacia el fondo de la tierra.
Pusimos la primera piedra
de una casa sin puertas ni inquilinos,
de una casa que no tenemos todavía
pero ya tuvimos desde siempre.
Una piedra a la orilla del paisaje,
en la intemperie trabajada
por el viento    por los días.
Sepultamos la palabra piedra:
paredes rojas de un corazón tan blanco:
una piedra que nos lleva y que llevamos,
una piedra que se apaga y que se apega.
Con la piedra en las manos
con las manos en la piedra
abrimos la primera oscuridad
de la tierra abrimos
el olor del verbo habremos
de sentir sobre la tierra.
Abrimos la ventana de la noche
y tiramos la primera piedra:
un mínimo derrumbe,
la pequeña destrucción
de una casa futura:
una soledad para dos tiramos:
la pintura húmeda de nuestras voces
descendiendo lentamente por los muros.
El fantasma de una casa que te habita,
un puro derrumbe sostenido.
Nosotros somos la caída,
nada más que gravedad.
Habitamos el descenso,
el tiempo exacto que dura este recuerdo.
Nosotros somos la caída,
nada más que nuestra edad;
un viaje al centro de la piedra:
esa herida repentina
por donde se escurre el aliento.
Nuestros nombres son la sed de un río
disecado en el lenguaje.
Ya no somos sino huesos:
piedras blancas rodeando una piedra roja.
Ya no somos sino piedras
que se acercan una a otra
a escuchar el pulso del mundo.
Y dos árboles que brotan en el pecho.

El amor es un panteón
donde nos entierran juntos.

13 agosto, 2012

Sentido contrario

Supongo que debía haber tenido unos cuatro años, pero mi memoria no da para tanto. Lo que sí recuerdo es que era la mano izquierda con la que comencé a tomar las crayolas, gises, lápices, labiales y todo lo que estuviera a mi alcance para rayar sobre todas las superficies que estuvieran a mi alcance. Y aunque mi creatividad no tuviera límites, la paciencia de mis padres sí. Fue entonces cuando me presentaron los libros para colorear  pero siempre tuve problemas para no salirme de la línea. En la escuela aprendía a escribir. Iba en un kinder cuyo nombre apelaba a la razón: Emmanuel Kant, aunque sus métodos eran más bien oscurantistas. Seguramente todo me parecía un juego y por eso nunca lo mencioné, pero mis padres no tardaron mucho en notar que hacía las tareas escolares con la mano derecha. Al parecer me ataban la mano izquierda durante las clases para que no la usara al escribir. Era un diestro converso.

Al principio era útil escribir con la mano derecha, por ejemplo, cuando en los interminables dictados a los que nos sometían en la primaria la otra pedía un descanso. Con el tiempo perdí el hábito, ahora sólo escribo con la izquierda. Aún recuerdo el conflicto que tuve el primer día de clases: tenía que escribir mi nombre en el margen superior de la página. Abrí el cuaderno por el final, tomé mi lápiz con la mano izquierda y como si hubiera olvidado las convenciones para escribiranoté mi nombre en la última página, de derecha a izquierda, cual hebreo o árabe. En ese momento me pareció evidente que si los diestros lo hacían de derecha a izquierda, yo tendría que hacerlo al revés para no manchar la página con mi mano, pues de lo contrario la tinta se corría y el grafito se diluía por los efectos de mi mano deslizándose sobre la hoja. No tardé mucho en darme cuenta de que lo que escribí no tenía sentido, así que inventé un sistema personal. Como no podía escribir las palabras al revés (me costaba mucho trabajo leerlas de ese modo), dejé de invertir el orden de las letras y opté por comenzar a escribir en el margen derecho la última letra de la primera palabra, seguida, a la izquierda, de la penúltima letra y así sucesivamente. Huelga decirlo, mi sistema era totalmente absurdo además de poco práctico. Tardaba el doble o el triple que mis compañeros, así que hice algunos ajustes. Opté por escribir las palabras en su orden habitual pero comenzando por el lado derecho de la página. El resultado eran oraciones en un hipérbaton absoluto que, ahora advierto, debieron haber alterado mi manera de ordenar el mundo. En mi cabeza todo iba en sentido contrario. Todavía quedan algunos cuadernos desde muy niño comencé a escribir una especie de diariocomo vestigio de mis primeros experimentos verbales. Además, en la escuela nos hacían comprar un libro para aprender caligrafía: Mi cuaderno mágico era mi cuaderno odiado. Uno tenía que escribir planas y planas emulando las líneas señaladas con unas flechas más bien confusas; yo nunca seguí las instrucciones, simplemente no podía. Siempre comenzaba por el sitio contrario al que indicaba el libro. A diferencia de la manuscrita —debo pertenecer a la última generación que aprendió a escribir de ese modo arbitrario que admite un sólo tipo de trazo—, mi letra de molde sigue las comodidades de mi mano. 

Hay quienes, aun de adultos, confunden la derecha y la izquierda; yo nunca he tenido ese problema, lo mío tiene que ver con que nunca he sido plenamente conciente de ser zurdo o diestro, ni siquiera ambidiestro. A esa indecisión le achaco el nunca haber aprendido a recortar bien, el hecho de usar el reloj en la izquierda, o que juegue béisbol y use los cubiertos como diestro. Recuerdo mi frustración cuando quise aprender a jugar trompo. Mi hermano menor lo hacía bien y yo no podía, por más que le pedía mis padres que le enredaran la cuerda al trompo, al momento de lanzarlo nunca lograba hacerlo girar. Todo era el resultado de una confusión simple: mis papás son diestros. Cuando yo lanzaba el trompo con la mano izquierda, la cuerda se desenredaba hacia el lado opuesto, con lo cual el trompo giraba hacia la derecha provocando que cayera de cabeza. Aprendí que tenía que enredar la cuerda al revés, del mismo modo que aprendí que, a mayor escala, el mundo era diestro y yo iba en sentido contrario por la vida.

11 abril, 2012

Ecos

Le doy la espalda al espejo 
y no sé si cuando no lo miro 
me repite al otro lado. 

Ahora que nadie me mira
me repito yo
—una y dos veces mi nombre,
como un eco que regresa—
para no desaparecer.

¿Pero si nadie me escuchara,
a dónde volvería mi nombre
si no al silencio?

Tal vez si le diera la espalda
también a las palabras
dejaría por fin de repetirme
aquí y aquí. Para siempre.
Y aunque alguien me escuchara,
mi nombre sería ya solamente
una oquedad oscura:
un espejo vacío que nadie mira.

06 febrero, 2012

The Age of Wire and String en español


En 1995 apareció The Age of Wire and String —ópera prima de Ben Marcus—, un libro inusitado e inclasificable cuyo propósito es nada menos que inventariar una cultura, la vida secreta de las prácticas y los objetos. La obra está armada a la manera de un mosaico compuesto por formas breves que funcionan como entradas de una enciclopedia minimalista y extravagante: un “conjunto de documentos que establecen las principales preocupaciones de la sociedad, de cualquier sociedad, del mundo y sus áreas internas”, haciendo uso del estilo frío, plano y pretendidamente científico de los manuales para describir al mundo desde otra lógica. Y es en este sentido que el libro de Marcus guarda cierto parentesco con las instrucciones cortazarianas y quizá también con los usos que Fernández Mallo hace de jergas extraliterarias, su forma de trabajar la metáfora.

El escritor es un niño encerrado con un solo juguete. Puede aburrirse (y aburrir) muy pronto o puede darle la vuelta al lenguaje, inventar un nuevo juego. The Age of Wire and String es sin duda un juego nuevo. Se trata, si se arriesga una definición, de un ejercicio de ficción especulativa llevada a las ciencias sociales que permite exprimirle nuevos significados a lo cotidiano.

El traductor es un niño intentando comprender las reglas del juego.

[Algunos fragmentos traducidos de ese libro en Lá cámara verde del Periódico de poesía.]




30 enero, 2012

NÚMERO PRIVADO


porque esta vez levantas la bocina
dices la palabra acostumbrada
bueno     bueno     y te atropellan
la voz al otro lado de la línea
la voz con una voz que no conoces
la voz que no dirá su nombre
el hombre de la voz que escuchas
habla de tu familia extrañamente
menciona itinerarios y lugares
quiere que sepas que te observa
que sabe dónde y cuándo aproximarse
un golpe frío te paraliza la voz
abriéndose camino en el oído     más adentro
rebotando en las paredes de la casa
que de pronto se hace grande y se vacía
es miedo lo que ocupa tu silencio
el nudo que se aprieta en la garganta
las ganas de hacer algo     la impotencia
de ver sobre la mesa aparecer las cartas
de un juego en el que sólo pierdes
porque otra vez se trata de dinero
ésa es la palabra acostumbrada
el precio de tu vida y de tus padres
cuánto vale la voz que te atropella la calma
la voz sin cuerpo que exige y amenaza cuerpos
la letra zeta de la palabra voz     cuánto
los nombres de las cosas se te escurren
y el asco crece desde el centro     
el asco diez veces el asco
cómo se le quita el frío a los huesos
cómo se barre el miedo fuera de la casa
cómo exiliar una voz que ya no habla
ahora es tan solo un tono que se alarga
un electrocardiograma al otro lado de la línea
una línea en la pantalla de los enfermos
el sonido que hacen los cuerpos en las camas
de los hospitales cuando ya no viven
el sonido que hacen los muertos de miedo
bueno     bueno     y era malo porque esta voz
porque esta vez levantas la bocina

02 enero, 2012

Borges y ya


Al otro, a Borges, es a quien 
       le ocurren las cosas.AAAAA
JLB




La candente mañana de febrero en que murió Borges no era mañana, ni febrero y tampoco murió Borges, sino el otro, al que le ocurrían las cosas.

Ya sé cuál de los dos escribe esta página.

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