Y
tiramos la primera piedra:
el
corazón lanzamos
hacia
el fondo de la tierra.
Pusimos
la primera piedra
de
una casa sin puertas ni inquilinos,
de
una casa que no tenemos todavía
pero
ya tuvimos desde siempre.
Una
piedra a la orilla del paisaje,
en
la intemperie trabajada
por
el viento por los días.
Sepultamos
la palabra piedra:
paredes
rojas de un corazón tan blanco:
una
piedra que nos lleva y que llevamos,
una
piedra que se apaga y que se apega.
Con
la piedra en las manos
con
las manos en la piedra
abrimos
la primera oscuridad
de
la tierra abrimos
el
olor del verbo habremos
de
sentir sobre la tierra.
Abrimos
la ventana de la noche
y
tiramos la primera piedra:
un
mínimo derrumbe,
la
pequeña destrucción
de
una casa futura:
una
soledad para dos tiramos:
la
pintura húmeda de nuestras voces
descendiendo
lentamente por los muros.
El
fantasma de una casa que te habita,
un
puro derrumbe sostenido.
Nosotros
somos la caída,
nada
más que gravedad.
Habitamos
el descenso,
el
tiempo exacto que dura este recuerdo.
Nosotros
somos la caída,
nada
más que nuestra edad;
un
viaje al centro de la piedra:
esa
herida repentina
por
donde se escurre el aliento.
Nuestros
nombres son la sed de un río
disecado
en el lenguaje.
Ya
no somos sino huesos:
piedras
blancas rodeando una piedra roja.
Ya
no somos sino piedras
que
se acercan una a otra
a
escuchar el pulso del mundo.
Y
dos árboles que brotan en el pecho.
El
amor es un panteón
donde
nos entierran juntos.